La crisis de First Brands Group Holdings, proveedor estadounidense de autopartes, expone las fragilidades financieras que atraviesa parte del sector automotor y del crédito de alto riesgo en Estados Unidos:
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Dimensión del colapso:
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Pasivos declarados: USD 10.000 – 50.000 millones.
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Activos estimados: USD 1.000 – 10.000 millones.
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El desbalance entre deuda y activos refleja un apalancamiento extremo y la imposibilidad de sostener operaciones sin refinanciación.
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Causas principales:
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Dependencia del factoring: la empresa usaba este mecanismo para convertir cuentas por cobrar en liquidez inmediata, exponiéndose a riesgos de flujo de caja.
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Adquisiciones con deuda: estrategia de crecimiento que incrementó el pasivo sin generar rentabilidad proporcional.
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Pérdida de confianza de los inversores: los intentos de refinanciación fracasaron al no haber transparencia en los beneficios y por el uso de financiamiento “fuera de balance”.
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Contexto sectorial:
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La quiebra llega poco después de la de Tricolor Financial (11 de septiembre), especializada en préstamos para automóviles en comunidades de bajos ingresos.
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Ambos casos exponen tensiones en el mercado de deuda de alto riesgo (subprime autos), valorado en unos USD 80.000 millones.
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Las prácticas laxas de crédito, combinadas con empaquetamiento y venta de préstamos de baja calidad, evocan paralelismos con la burbuja subprime hipotecaria de los años 2000.
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Impacto en el mercado:
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Los pasivos de First Brands podrían generar pérdidas en bancos e intermediarios (JPMorgan, Barclays, entre otros), que ya habían sido golpeados por Tricolor.
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Minoristas como Walmart y O’Reilly Auto Parts, principales canales de venta, pueden verse afectados por problemas de suministro y renegociación de contratos.
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Para los inversores en deuda corporativa, este caso refuerza la percepción de que la industria automotriz de riesgo está sobredimensionada y vulnerable a shocks de liquidez.
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✅ Conclusión
La bancarrota de First Brands, con un pasivo potencial de hasta USD 50.000 millones, no es solo un episodio aislado: se enmarca en una ola de tensiones crediticias dentro del sector automotor estadounidense.
La coincidencia con la caída de Tricolor apunta a un patrón de endeudamiento excesivo, financiamiento opaco y laxitud en el crédito, lo que podría anticipar nuevas quiebras si el mercado se vuelve más restrictivo.